La sombra de la tecnocracia es especialmente tupida en la Universidad. Una institución nacida para alumbrar, cultivar y desarrollar el conocimiento se encuentra especialmente expuesta a sus consecuencias. Pudiera parecer paradójico, ya que la defensa del conocimiento experto como eje de la toma de decisiones, especialmente las estratégicas, parece encajar de manera natural en las instituciones encargadas del desarrollo científico y la formación de profesionales en las democracias contemporáneas. Tal vez por ello, en las últimas décadas las universidades han desarrollado y sofisticado estructuras de gobierno y gestión basadas en versiones tecnocráticas de conceptos de gran calado: calidad, productividad científica, transferencia. Pareciera que el conocimiento experto se instala de manera natural en el gobierno de los expertos y, sin embargo, el efecto de la entronización de lo técnico es especialmente hiriente en las universidades. Véase, por ejemplo, la reforma radical de nuestras titulaciones que, durante la implantación del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), legitimó el sacrificio del pensamiento crítico y la renuncia a profundizar en el conocimiento de la ciudadanía en aras de la “formación de profesionales”, de personas expertas en cada parcela de la producción y la prestación de servicios, cada vez más segmentadas en campos de especialización técnica creciente.

La reflexión de León XIV
En ese contexto interpreto la reflexión que León XIV lanzó en el encuentro que mantuvo con la sociedad civil, con la ciudadanía vinculada a las artes, el deporte, la economía, la cultura y la educación. Porque “nuestra sociedad, en efecto, posee una extraordinaria capacidad para producir, innovar y comunicar, sin embargo, parece que todavía necesitamos aprender a custodiar el alma de aquello que esta genera. De lo contrario, corremos el riesgo de ser expertos en los medios y eficaces para producir, pero inciertos acerca del porqué, para qué, con quién y para quién se produce”. Por cierto, ni siquiera es necesario situarse en la iconografía católica del alma para reconocer que estas palabras interpelan a la universidad directamente, porque en la universidad y demás centros de investigación y enseñanza reside la obligación de moldear el conocimiento que nos permite comprender y transformar el mundo y, sobre todo, las injusticias que habitan nuestras sociedades. No debemos conformarnos con formar profesionales expertos exclusivamente en lo técnico, sino también competentes en la crítica de aquellos espacios que cuestionan la legitimidad de nuestra democracia. No debemos plegarnos a comprensiones unívocas de la realidad – física, natural, social – porque el diálogo y la discusión de argumentos determina nuestra capacidad para comprender las implicaciones del conocimiento científico, en cualquiera de sus campos. No debemos despojar al desarrollo tecnocientífico de sus implicaciones éticas, morales, económicas y sociales, porque ninguna tecnología es neutra.
“¿Qué herencia estamos dejando al futuro y, por ende, qué tipo de comunidad estamos construyendo?” Esa puede ser la clave: recordar que las universidades cobran pleno sentido si las pensamos y, sobre todo, si se piensan a sí mismas como parte necesaria e inseparable de la comunidad de la que forman parte y que contribuyen a construir. No podemos vivir de espaldas al mundo, sino que debemos permanecer constantemente vigilantes y críticas de las formas sociales y políticas en las que el conocimiento es incorporado a nuestras comunidades, ser capaces de identificar sus efectos (en el trabajo, en la escuela, en las relaciones sociales, en las desigualdades, en la democracia, en la propia universidad): alzar la mirada, hacerlo a hombros de gigantes.

Decano de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología León XIII



