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La divulgación científica en la era de la polarización: “igual ha llegado la hora de decir que hay que echar el freno”

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Aunque la percepción y aceptación social en España sobre el conocimiento científico goza de buena salud -un 75% de la población confía en la investigación científica y se reconoce el cambio climático, entre otros, como un problema grave para el 81% de las personas, según cifras de la la encuesta bienal de percepción social de la Ciencia y la Tecnología-, el entorno digital se ha convertido para muchos divulgadores sobre ciencia en un campo abonado para la amenaza, la deslegitimación y el odio. Algunos científicos que hasta ahora gozaban de acogida y respeto, han empezado a desayunarse cada día con insultos, descrédito y relatos que niegan evidencias científicas hasta ahora incontestables. Es un signo de un momento en el que el mensaje pierde valor frente a la identidad de aquél que lo porta; y todo, incluyendo el mensaje científico, se mide en clave identitaria. Así lo puso de manifiesto Fernando Valladares, investigador del CSIC, experto en ecología y cambio climático, durante el coloquio celebrado en la Fundación Pablo VI el día 16 de junio, bajo el título “La divulgación científica en la era de la polarización”. En él, junto a la socióloga Celia Díaz, doctora en Sociología por la UCM, investigadora y directora de la Encuesta de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología en España; y Mª Carmen Molina Cobos, catedrática en el Área de Biodiversidad y Conservación en la URJC, además de miembro de la Comisión Diocesana de Ecología Integral de la diócesis de Madrid, se trató de analizar cómo la polarización política y social condiciona el mensaje científico y cómo esto afecta al compromiso o no de la política y la sociedad con los cambios que hacen falta.

Fernando Valladares, investigador del CSIC

La experiencia de Valladares habla de amenazas y de violencia verbal por la contundencia de su discurso. Aunque las evidencias científicas que aporta sobre sequía o calentamiento global siguen siendo las mismas y están avaladas por un alto porcentaje de la comunidad científica, la recepción del mensaje es mucho más negativa, de modo que se “desayuna a diario con hasta 200 mil personas que me quieren matar”. No tanto por lo que dice, sino por su propia identidad; y también porque cree, además, que genera incomodidad en el espectador decirle que las causas antropogénicas del cambio climático igual precisan de cambios en nuestros comportamientos. Así, explicó cómo desde hace 9 años ha empezado a ser un científico diferente y pasar “del dato a la emoción”, saliendo de lo que considera “el confort” de la “hipocresía organizada”. Un mecanismo que responde a intereses de todo tipo y que logra “bloquear la acción climática” como si realmente no estuviéramos en serio peligro. Hoy, es dramático comprobar cómo con las redes sociales “cualquier agitador desde Wisconsin genera más impacto que lo que pueda decir un catedrático”. Este es el principal motivo por el que se ha visto obligado a cambiar su forma de comunicar. Porque, se defiende, “o despiertas empatía, identidad o curiosidad, o con el simple dato no se consigue cambiar las cosas”.

Celia Díaz y Fernando Valladares

Una postura de la que disiente profundamente Celia Díaz. Comprometida también con la necesidad de la divulgación científica y con la responsabilidad de atender, entre otras muchas cosas, las causas que generan la desigualdad o la brecha entre ricos y pobres, olvidadas también de la prioridad social o política, considera que ese discurso emocional acaba penalizando. Por ejemplo, dijo, “la foto de Greta denunciando la inmoralidad de la inacción climática funcionó durante un tiempo, pero ahora ya no goza de la misma confianza de la gente. Es decir, ya no se la escucha igual y ha perdido toda autoridad moral y científica”.

Mª Carmen Molina, por su parte, habló de la necesidad de llamar las cosas por su nombre, aunque generen incomodidad. Como máster en teología y responsable también de hacer divulgación científica en el ámbito de la Iglesia, explicó cómo el uso de determinados términos como “justicia social” o decrecimiento despierta prejuicios sobre posicionamientos ideológicos. Pero, se preguntó, ¿cómo quedarse callados cuando los que pierden son siempre los últimos? Para ello, puso como ejemplo el impacto silencioso que está generando la inteligencia artificial, esta “tecnología que hemos creado a nuestra imagen y semejanza”, cuyos centros de datos, que precisan grandes cantidades de agua, están muchas veces ubicados en aquellos lugares del mundo donde ésta se necesita para beber. “No tengo claro, como dicen, que la IA sea capaz de gestionar su propia huella, sobre todo considerando lo que necesita para ser alimentada. Estamos hablando de que la República Democrática del Congo está abierta en canal y las personas que viven allí están siendo expulsadas de sus casas porque abajo hay una mina de coltán y las aguas están contaminadas. Cuando estas cosas están pasando yo la única opción que veo es que quizá haya que echar el freno, bajarse de la guagua y orientar el rumbo, porque si nos estrellamos los que se van a enterar van a ser los de siempre, los de abajo”, sentenció.

En este sentido, puso como referencia el artículo 84 de la encíclica Magnifica humanitas, cuando habla de la ecología integral como una “dimensión imprescindible de la Doctrina social de la Iglesia”. En ella, León XIV habla de que “no es verdadero progreso aquello que aumenta el bienestar de algunos degradando los ecosistemas, descargando costos sobre las comunidades más vulnerables o comprometiendo las condiciones de vida de quienes vendrán después de nosotros”.  Por eso, sin necesidad de recurrir a la emocionalidad cree que es fundamental “no pintar las cosas de verde”. Porque, “cuando no se sabe hacia dónde se va, es claro que, cuanto más lejos, peor”.

El coloquio, moderado por Esteban Sánchez, decano de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología León XIII, ha estado enmarcado en el programa de Liderazgo Humanista organizado por la Fundación Pablo VI y la Fundación Conexus Madrid Comunidad Valenciana, cuyos temas de formación y análisis están orientados a reflexionar, entre otros muchos temas, sobre los grandes retos éticos que se producen en el ámbito de la tecnología y la ciencia.